Feliza canta II - Pss
Fragmento-membrana
Escribo. Un silencioso torrente de palabras, sonidos, experiencias e imágenes resuenan en la memoria. A esta membrana han ido adhiriéndose encuentros insólitos con lo sonoro, en el espacio, en los fragmentos de un cuerpo obstinado en modificar los hábitos del pensar y del hacer, en las conspiraciones grupales para alterar la temporalidad de algunos lugares de la universidad, en las voces rellenando o configurando los vacíos de un organismo, en los actos fallidos y acertados de la voz, en las conversaciones inconclusas, en las pérdidas del tiempo, en las actitudes torpes, en los encuentros con lo indecible. En medio de la corriente desbordada de las palabras algo resuena, algo se me escapa.
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Al rozar un micrófono de contacto sobre la superficie oxidada y húmeda de una escultura de hierro solitaria, apareció el trepidante burbujeo de un sonido atrapado y silenciado en su interior, sonidos asfixiantes de una garganta enmudecida, vibración de cuerdas vocales imaginadas, balbuceos silenciosos de un lenguaje estomacal. Un sonido contenido, en la doble acepción de la palabra: sonido contenido en un cuerpo conformado por un sinnúmero de cilindros metálicos, contenido sonoro imposibilitado en un órgano-amplificador paralizado en el tiempo. Contención resultante de una escultura pensada para otra época, de una voz acallada en otro tiempo. Era el sonido de la indigestión: exhalaciones, gruñidos y sobresfuerzos de una voz ahogada, resucitada.
Después de haberla percutido innumerables veces, de haber creado partituras para ser allí interpretadas, de haber pensado en amplificar el sonido allí contenido al expandir y hacer resonar su silenciosa presencia; hemos encontrado su voz, una especie de lamento-gemido, un llanto. Del acercamiento entre uno de los tubos de la escultura, un micrófono de contacto y un fragmento de parlante emergió una voz femenina: un sonido agudo y profundo, lineal y fluctuante, desahogado y contenido en sí mismo. Miles de partículas de llanto desbordaban la vibración de los intestinos, recorrían el esófago, retumbaban en todas las cavidades del cuerpo, un cuerpo desmaterializado en aquél sonido, un cuerpo fugado en el tiempo de la escucha, un cuerpo insuflado de represiones y prejuicios, una queja dolorosa fundida en el placer y el desahogo de la expulsión, un sonido circular entrando y saliendo constantemente de la escultura, retroalimentándose. Resonancia: algo se queda y se fuga en cualquier evento sonoro, en cualquier acto de la voz; algo hace vibrar una membrana invisible, la cual es límite y punto de acceso en el encuentro con el otro, punto de emisión y recepción, tejido traspasable de la escucha y del lenguaje; ya no estoy en mí sino en el otro, resueno en lo otro, en el todo, el todo resuena en mí, desaparición del adentro y el afuera, sonido circular, crecimiento orgánico, ¡feedback!
Estado atemporal de asimilación y excreción del alimento sonoro.
La cavidad circular de un cilindro metálico de proporciones descomunales es ahora una boca-oreja gigante semejante a la cavidad circular del tubo de una aspiradora o de un secador de pelo profesional, o a la confluencia demencial de unos cuerpos que en un acto vocal resisten al cansancio de una lectura.
Ahora la voz ha dejado de ser un acto de la boca, es también un acto de la escucha, de la oreja.
Hasta aquí llega este fragmento inconcluso de nuestra membrana sonora.


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